SONATA PATÉTICA (cuatro relatos)

I. La polca (Allegro alla polca)

II. El chocolate es amargo (Andante fúnebre)

III. Sobredosis (Scherzo disonante)

IV. El hombre que sabía tocar un adagio (Adagio lacrimoso)

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I. LA POLCA

(Allegro alla polca)

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Irresistible y arrolladora, incontenible y eufórica, superficial, alegre y optimista: tal es una buena polca. Tal debía de ser el carácter de Rufina Olivares, Zoraida, o la Polca desde que un corredor de comercio de Tarragona, sesentón e inflado de cuartos, exquisito en gustos y maneras y wagneriano irredento, fornicó por vez primera con ella en un burdel del Paralelo, inmediatamente después de asistir a una memorable representación de El Oro del Rin en el Gran Teatro del Liceo. Rufina Olivares, en horas de trabajo Zoraida, tenía diecisiete años cuando los treinta supervivientes que quedaban en Castilviejo, provincia de Jaén, decidieron echarle el candado al pueblo y emigrar en el mismo vagón de un tren correo a Santa Coloma de Gramanet. Después de tres días y medio de penosa travesía alcanzaron la tierra prometida llevándose consigo la historia y la memoria cívica y religiosa de la estirpe: el registro municipal, las fes de vida y bautismo y el archivo parroquial. Nueve arrobas en total de amarillentos papelajos apretujados en maletas desvencijadas y mal cerradas. El arca de la alianza de un pueblo dejado de la mano de Dios y del brazo de los hombres, crónicamente enfermo de renuncia y abandono, agonizante de ausencias y olvidos, apuntillado por la pertinaz sequía y, a la postre, muerto de hambre.

         “Eres como una polca, Zoraida mía”, había bautizado con sus babas a Rufina Olivares el entregado corredor de comercio segundos antes de verterse en el concurrido interior de la que, con el tiempo, llegaría a convertirse en su putilla favorita. Lo hizo con la música triunfal de la Entrada de los Dioses en el Walhalla como decorado musical de sus fantasías, mientras Rufina Olivares, entre risotadas fingidas, columpiaba su pelvis en el aire frenéticamente, empapada de un sudor pegajoso y con olor a linimento. La muchacha, de belleza nazarí (flaca de carnes, estrecha de ancas, cabello largo, endrino y crespo, piel renegrida y unos ojos que eran olivas negras incrustadas en blanquísima almendra) se empleaba a fondo con los clientes como ninguna otra en el prostíbulo. En la cama se comportaba como si de veras le fuese algo en ello. Impulsaba su vientre con los salvajes vaivenes de una odalisca, resollaba en falso con la desesperación de una corredora de maratón a punto de alcanzar la meta y se retorcía como una lagartija bajo el peso de la media docena de cuerpos que cada jornada laboral se restregaban zafiamente contra el suyo. Pero Zoraida, antaño Rufina Olivares y después y para siempre la Polca, fingía y odiaba. Fingía que se entregaba y odiaba a todos sus clientes con el mismo odio que sentía hacia Santa Coloma, el burdel, el Paralelo, Barcelona entera. Los aborrecía a todos, jóvenes o viejos, ricos o pobres, feos o guapos, conocidos o extraños, padre, hermanos… Detestaba tanto a los hombres que soñaba con escapar algún día de aquella puta vida de puta de la mano de alguno de ellos para instalarse en su mundo, exprimirle el jugo como a un limón y, en el momento preciso, destrozarlo. De ahí su simulado entusiasmo en cada servicio, su empeño en hacer méritos brincando sobre el catre, irresistible y arrolladora, con aliento y nerviosa de piernas, como si bailara una polca. Y al final, invariablemente, les soltaba a los clientes: “anda, guapo, llévame contigo, sácame de aquí, quién te lo va a hacer como yo, a que no”. Durante días, semanas, meses y años cursó la misma invitación a legiones enteras de corredores de comercio, congresistas, feriantes, marineros, viajantes, politicos regionales, clérigos, profesores de música, militares y artesanos. Algunos reaccionaban con espanto, otros suspirando de resignación y los menos insultándola. Hasta que  uno picó.

         Se llamaba Román Montenegro y era oriundo de Vinuesa, provincia de Soria. Siendo un niño su padre se pegó un escopetazo en el garganchón después de mandar por delante a su mujer y a un cuñado para que fuesen indicándole el camino del infierno, por causa de un viejo pleito de lindes y pinos. Recogido y criado por un hermano del parricida que era boticario en Soria y tenía buen corazón, Román aprendió el oficio de su tío al tiempo que le auxiliaba como mancebo. De manera que cuando marchó a Valladolid para estudiar la carrera de Farmacia ya era un experto en la preparación de los más variados específicos, pócimas y mejunjes, y no había fórmula magistral que se le resistiera, por difícil o caprichosa que fuese la prescripción del médico. Cuando regresó definitivamente a Soria cargado de matrículas y con el título de licenciado bajo del brazo, Román Montenegro, el empollón de la clase, sabía lo mismo de botica y era igual de virgen que antes de empezar la carrera. Durante los cinco años que duró su licenciatura no conoció más mujeres que la patrona de la pensión, la profesora de botánica y las dos únicas señoritas de su promoción, las cuales llegaron a diplomarse sin catar varón que las catara. Extremadamente tímido y aparentemente imposibilitado para el escarceo con individuos del sexo opuesto, el licenciado Montenegro sucedió y enterró a su tío sin haber dispensado a ninguna mujer otra cosa que recetas con un mostrador por medio. Pero todo cambió cuando un grupo de antiguos compañeros de la Facultad le convencieron para acudir con ellos a la importante feria que la industria farmacéutica celebraba por primavera en Barcelona. Una vez allí los más golfos se lo llevaron de putas al Paralelo, donde Román Montenegro mordió hasta el hilo el anzuelo que una chica llamada Zoraida pero más conocida como la Polca le puso delante de las babas. Después de arrancarle su virginidad tumbándolo desnudo sobre la cama y encargándose luego de todo lo demás vino el ofrecimiento ritual, “anda, guapo, llévame contigo, quién te lo va a hacer mejor que yo”.

         -Nadie, señorita, se lo aseguro a usted.

         Y se la llevó a Soria.

         La presencia en la pequeña capital castellana de Rufina Olivares, señora de Montenegro, causó el mismo impacto que hubiera producido un desfile de majorettes irrumpiendo en la nave central de la basílica de San Pedro durante la sesión plenaria de un concilio ecuménico. A los dos días de su llegada no había chisme, comadreo o conversación en toda Soria que no versara acerca de su atrevida indumentaria, sus modos descarados, su explosivo maquillaje o su extremado vicio de fumar. Por su parte la flamante esposa del boticario parecía disfrutar tanto escandalizando sorianas como ruborizando sorianos. A ellas las insultaba llamándolas espantapájaros, rancias, brujas, estrechas, beatas y cosas peores cada vez que las sorprendía murmurando en corrillos y voz baja en la carnicería, la Alameda, la peluquería o a la salida de misa. A ellos los escarnecía adivinándoles sus penurias sexuales con aquellos pellejos cada vez que osaba entremeterse en sus tascas en busca de un par de buenos lingotazos de coñá. A pesar de todo, la curtida sociedad soriana terminó aceptando el desorden derivado de su inevitable existencia con la misma resignación con que soportaban el viento helado que desde las cumbres de Urbión o del Moncayo bajaba cada mañana a abofetear sus rostros durante casi nueve meses al año. Además, recién tomada la posesión del apellido, de la casa y de la hacienda del boticario, Rufina Olivares de Montenegro comenzó a dejarse en las tiendas de la ciudad la totalidad del dinero que entraba en la farmacia y algunas semanas hasta más. En pocos meses se convirtió en la principal clienta de los mejores comercios de ropa, complementos, joyería y perfumería de Soria. Las propietarias de los establecimientos, encantadas con su insaciable compradora, se dedicaron a propagar a los cuatro vientos el inmejorable gusto de la señora de Montenegro. Que por algo había vivido tantos años en Barcelona y que, siendo como era tan exigente y conocedora, no necesitaba salir de Soria para ir siempre impecablemente puesta y permanentemente arreglada, como hacían otras con menos posibles y peor clase.

         Los buenos amigos del farmacéutico, entre tanto, trataban infructuosamente de abrirle los ojos con más tacto que crudeza:

         -Román, deberías estar menos pendiente de la farmacia y más de tu mujer, mira que sale mucho sola…

         En lugar de advertirle:

         -Ojo con esa lagarta, Román, que anda guiñando el ojo por los bares y como te descuides te va a dejar sin blanca.

         Pero lo único que consiguieron con tanta habladuría y tanta maledicencia fue colmar el generoso vaso de su paciencia. El día que dio positiva la prueba del embarazo de la Polca, el boticario les reprochó amargamente su incapacidad para comprender que  Rufina no sólo le hacía hombre cada noche sino que, para colmo de su dicha, se disponía a hacerle también padre, y los echó para siempre de la rebotica. De manera que tras nueve meses de incesantes compras, el niño tomó posesión de la mayor y mejor canastilla que jamás se había preparado en la provincia. Días más tarde fue solemnemente bautizado en la iglesia de Santo Domingo con el mismo nombre que su felicísimo padre.

El hijo de Román Montenegro y Rufina Olivares se reveló enseguida como una criatura afecta de una congénita dificultad para vivir, pues comía poco, crecía despacio, no despabilaba y la mayoría de las noches devolvía, tosía o tiritaba.

         -Anda Román, que tú sabes lo que hay que darle.

         Y el boticario se levantaba a la hora que fuese para ponerle el termómetro al niño, darle el jarabe o aplicarle la cataplasma. Los primeros años el pequeño lo aceptaba todo como un bendito, pero con el uso de razón cogió la costumbre de obligar a su padre a probar primero todas las pócimas que le ofrecía.

         -Toma pequeño, mira qué bien huele, mejor sabrá…

         -Tú primero, papa -contestaba siempre el niño.

         Y el boticario, enternecido por su frentecita caliente, sus papitos enrojecidos y sus ojazos de oliva negra incrustada en almendra blanca, se tomaba la cucharada por no comerse entero al niño, pues el asco del jarabe le quitaba las ganas. Luego lo dormía a cuentos y a besos y cuando volvía a la cama y ya el pequeño no tosía, Román se sentía como un rey y le decía a su mujer a la oreja: “Polca, el niño ya no tose, tranquila”. Pero ella, mientras tanto, jadeaba una respiración acelerada por el sueño que siempre soñaba: su paroxístico desvirgamiento, atenazada entre el corpachón de su primo Manuel y el tronco retorcido de un olivo centenario a la sombra de Castilviejo cuando sólo tenía trece años. El primer arrebato amoroso auténtico de su vida, y el último también.

         Al cabo de una noche más perdida en el balcón con el niño sentado sobre sus piernas para que alentara el aire fresco mientras le entretenía sorprendiéndole con el nombre de las estrellas, Román Montenegro se despertó pasadas las nueve. Saltó de la cama y bajó a abrir la farmacia ciñéndose apresuradamente el batín por la escalera que comunicaba negocio y vivienda, cuando sorprendió a su mujer algo más que coqueteando con un viajante de ortopedia. Cruelmente herido pero más indignado todavía, el boticario ahuyentó al representante hasta la misma calle y de vuelta a la trastienda suplicó entre sollozos a su esposa que no volviese a hacerle una cosa así nunca más, por el amor de Dios y la salud del niño. Ante la evidencia de que acababa de llegar el momento que algún día tenía que llegar, la Polca estalló entonces en una sarta de insultos y corrosivos reproches hilvanados con ordinarias risotadas. Al fin le vomitó toda la verdad, lo bragazas que era, y lo mandria, que para que se enterara de una vez, se había tirado a la práctica totalidad de los representantes y viajantes que llevaban la parte de Soria, porque con la mierda que él sacaba vendiendo supositorios y bragueros no le llegaba para ir como la señora que era, que estaba harta de él, que ya no lo aguantaba ni un día más y que, en consecuencia, lo abandonaba. De nada sirvieron las humillantes peticiones de perdón que Román tuvo que arrastrar por el suelo para evitar que la madre de su hijo cumpliera su amenaza y les dejara. Aquella misma tarde, Rufina Olivares, la Polca o Zoraida, hizo las maletas apresuradamente, arramblando cualquier objeto de valor que hallaba en la casa, aún los que jamás le habían pertenecido. A continuación llamó a un taxi y minutos después salía de la pequeña capital de provincia por la carretera de Madrid tan impetuosamente como había entrado siete años antes.

         Los días que siguieron a la marcha de su mujer los pasó el desafortunado boticario aguardando inútilmente su regreso con los brazos abiertos. Pero transcurridas ya dos semanas sin noticias no le quedó otro remedio que aceptar con amargura la veracidad de las amenazas con que la Polca le había asaeteado sin piedad aquella fatídica mañana en la rebotica. A excepción de unas pocas, todas las demás señoras de Soria -las que no regentaban joyería, salón de belleza o boutique- engordaron de satisfacción por la espantada de Rufina Olivares. Sólo la compasión que sentían por el “inocente angelito» impedía que la sensación de alivio que se respiraba en cada corrillo callejero, cada tertulia de café o cada salida de misa fuese completa. Con el paso de los días, el pequeño dejó de atormentar a su padre preguntándole dónde estaba su mama. Dentro de lo malo, Román Montenegro tuvo la suerte de encontrar una mujer viuda, prudente, bondadosa y limpia como una patena, que se ocupó de la casa y que desde el primer día se encariñó con el niño casi tanto como éste con ella.

         La vida siguió y parecía que el boticario había superado el golpe dando todo por bueno a cambio de ver cómo el niño -su estímulo, su consuelo y su razón de ser- salía adelante. Hasta que, cierta infausta mañana, recibió el correo de siempre -propaganda de leches casi maternas, catálogos de prótesis y las últimas novedades en milagrosos crecepelos- envenenado con dos fatídicas cartas. Primero abrió la del banco, en la que el director de la sucursal con la que Farmacia y Droguería Montenegro había trabajado toda la vida le advertía de que su cuenta corriente estaba en descubierto, ya que los últimos cheques librados con la firma de su esposa habían sido satisfechos a pesar de no disponer de fondos en consideración a su reconocido prestigio. Por todo ello, se le instaba a presentarse en el banco a la mayor brevedad posible para subsanar voluntariamente las deficiencias aludidas, sin perjuicio de las acciones legales que se emprenderían inmediatamente caso de no hacerlo. Sin embargo, el segundo mazazo, infinitamente más fuerte que el primero, era una citación del Juzgado de Instrucción nº 1 de Soria para que compareciera al día siguiente a una hora determinada. “Asunto: Reclamación de la custodia de Román Montenegro Olivares por la madre del menor”.

         Dejando a un lado el descubierto bancario, los cheques, el embargo y la ruina que le amenazaban pero que poco le importaban en comparación, Román Montenegro se horrorizó ante las pretensiones de la Polca. La sola idea de perder al pequeño le partía el corazón, pero inmediatamente le vino a la cabeza la sórdida historia de hijos de prostitutas explotados como niños mendigos en la calle de la capital que había visto en la televisión y se horrorizó imaginando a su pequeño echado por los suelos, sucio, malnutrido y muerto de sueño, arrancándoles monedas a los transeúntes a cambio de su frentecita ardiendo y  una tos infinita. Presa del pánico, hizo de tripas corazón y telefoneó a uno de sus antiguos amigos para hacerle una angustiada consulta de urgencia en nombre de su vieja y de ningún modo acabada amistad. La primera impresión del abogado, que es siempre la que vale, fue sombría y desesperanzadora.

         – Prepárate a sufrir, Román, con la ley que tenemos, la madre tiene todas las de quedarse con él… sí, amigo, incluso una madre como ésta, lo siento, lo siento de veras, y en cuanto a lo del banco…

         El boticario no soportó más y colgó sin darle siquiera las gracias, mudo de congoja, sordo de espanto y ciego de rabia. Todo había terminado. Echó la reja a la farmacia, se echó a la calle, cruzó la ciudad sin devolver un saludo y se apartó en el soto del río como un animal herido de muerte. Durante horas sollozó, imploró y desesperó hasta que el manantial de su desdicha se agotó y entonces emprendió el regreso a casa bajo el helado resplandor del crepúsculo. Aquella misma noche, en cuanto se marchó la criada luego de darle la cena al niño y acostarlo, Román Montenegro se bajó a la rebotica para preparar una infusión. Con la mirada perdida y sin saber muy bien por qué lo hacía, como si obedeciera una orden interna más poderosa que su voluntad, puso el agua a calentar y comenzó a destapar uno a uno todos los frascos de hierbas medicinales y aromáticas que encontraba. Cuando el agua alcanzó el grado justo de ebullición arrojó al recipiente una pizca de melisa y de cicuta, otra de manzanilla y dulcamara, otro poco de saúco y de cicuta y de violeta, y mejorana, y una brizna de romero y de cicuta, ajenjo, artemisa, y añadió más cicuta y más saúco, y un poquito más de mejorana y de melisa, y de cicuta. Todavía puso algo de borraja e hisopo, un último pellizco de cicuta y, para amargar la mezcla, como el frasquito de salvia estaba vacío, el infeliz vertió en él un torrente de lágrimas. Cuando el brebaje estuvo a punto lo coló, llenó un buen vaso, subió al cuarto del niño y lo despertó sin miramiento, “tómate esto pequeño, mira qué bien huele, mejor sabrá”, le dijo sujetando con mano temblorosa su cabecita de rizos azabachados.

         -¿Por qué, papa?, hoy no me pasa nada -respondió entre sueños el niño mientras se incorporaba.

         -Sí, hijo, hoy nos pasa a los dos, toma, bebe, anda.

         -Tú primero, papa.

         -Claro, mi niño, yo primero…

         El padre se tragó la mitad del veneno y le dio el resto al pequeño. A duras penas, entre la bruma que ya comenzaba a colarse por la salida del mundo, pudo ver cómo el par de olivillas negras incrustadas en blanquísima almendra se encerraban para siempre en sus cascaritas forradas de tez renegrida. Y entonces, poco antes de perder la conciencia, Román Montenegro creyó escuchar, distorsionados y remotos, los ecos de una polca irresistible y arrolladora.

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II. EL CHOCOLATE ES AMARGO

(Andante fúnebre)

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         Una vez salvados los impedimentos y resueltos los impre­vistos que siempre surgen a última hora, Patro­cinio G. Soriano escogió definitivamente el 14 de febrero como fecha más idónea para quitarse la vida. Su existencia, por tanto, iba a durar exactamente cincuenta y cuatro años, once meses y veinticuatro días, pero podía haber sido mucho más corta todavía dado que, lejos de obede­cer a un repentino impulso autodestructor, una decep­ción insoportable o una trage­dia reciente, la serena deci­sión de suici­dar­se la había tomado con premeditación inmemorial. 

         Uno de esos fastidiosos obstáculos, que estuvieron a punto de provocar un nuevo y decepcionante retra­so de su voluntaria despedida del mundo, se debió a la tradicional informalidad de la imprenta que durante veinticinco años le había estado surtiendo de sobres y cartas con membrete y de tarjetas de visita, en las que invariablemente podía leerse el siguiente texto: «Patrocinio G. Soriano. Sobrino, ex oficial y sucesor de  Felicísimo Soriano. Director Gerente de Golmajerías Soriano, S.A.»

         De los tres títulos orgullosamente exhibidos por Patrocinio en el breve pero interesante currículo que rezaba en el envoltorio de cada mantecada, cada polvorón o cada fruta enchocolatada -producto insignia y orgullo de la casa-, el de sucesor era sin duda el más meritorio. Para ser sobrino del gran Felicísimo, Patrocinio sólo tuvo que nacer de una hermana de éste, y en lo que a ex oficial se refiere, había trabajado durante quince largos años en el obrador más famoso de la ciudad a las órdenes de su tío sin ver una peseta, hasta que un providencial derrame cerebral envió a la tumba al soltero más rico y más ruin de la comarca.

         Al encargado de la imprenta le extrañó que don Patrocinio en persona acudiese a formular un pedido, dado que toda la vida había efectuado esa gestión por teléfono o a través de un mandado. La extrañeza se convirtió en asombro e incredulidad cuando el industrial de artes gráficas leyó el texto que debía figurar en las invitaciones:

         «Don Patrocinio G. Soriano, Director Gerente de Golmajerías Soriano, S.A., tiene el gusto de participarle su inminente óbito, que tendrá lugar el 14 de febrero próximo, y de invitarle a la inhumación de su cadáver en el Cementerio Municipal, el día 15 a las 18 horas. Por cuya asistencia le quedará muy agradecido. (Nota: el mismo día 14, fecha del fallecimiento, se celebrará un funeral civil en la capilla del Tanatorio «El Crespón», a las 13.30 horas, que contará con la presencia del finado, al que está igualmente invitado. No se celebrará oficio religioso alguno).»    

Como el día de los Santos Inocentes quedaba muy lejos y Patrocinio G. Soriano no había dado jamás la menor muestra de humor, y menos aún negro, el encargado llegó a la conclusión de que su cliente había perdido el juicio. Sin embargo, ante la insistencia en que las invitaciones se hiciesen y entregasen sin demora, el impresor aceptó finalmente el encargo, aventuró una fecha y entregó el insólito texto al linotipista.

         Patrocinio G. Soriano había sido toda su vida lo que se dice un triste. Ni siquiera cuando saboreaba la punta de su dedo índice tras introducirlo en la masa de chocolate fundido, -inmejorable método para el control de calidad que había heredado de su tío- la satisfacción que sin duda debía sentir ante la suprema calidad de su producto, era capaz de vencer la rigidez de unas facciones propias del rostro que exhibiría un ulceroso aquejado al mismo tiempo de jaqueca y dolor de muelas. Sus cejas parecían de plomo, sus ojos ofrecían el mismo brillo que los de un besugo descongelado y de las comisuras de sus labios parecían colgar invisibles cables de acero, que estaban anclados en el bloque de cementado turrón que aquel hombre tenía por alma.

         Quienes mejor lo conocían aseguran que Patrocinio y cualquier forma de diversión eran totalmente incompatibles. Que se supiera, nunca había cortejado ni participado en ninguna fiesta. Ni tan siquiera se le había visto reír jamás. Aborrecía los espectáculos, no escuchaba la radio y ni tenía televisor. Vivía encerrado en una vivienda dotada de blindaje a prueba de mundo y de vida. El más prestigioso endulzador de la ciudad, el alma de Golmajerías Soriano, S.A., era como un muerto viviente que al alba abandonaba su nicho, camino de la fábrica,  y al caer la tarde volvía a encerrarse en su ataúd con derecho a baño y cocina hasta el día siguiente.

         -Sepa usted que no hay nada más amargo que el chocolate; hay que añadirle azúcar, mucho azúcar, para volverlo dulce, no se equivoque, gustaba de contestar a todo aquél que tratase, infructuosamente, de infundirle ánimo.

         El sobrino, ex oficial y sucesor de Felicísimo Soriano, sin embargo, tenía una secreta afición: los funerales. De todas las clases de pompas con que los mortales acostumbran a embellecer su congénita agonía, las fúnebres eran sus preferidas. Aunque la fascinación que el velatorio, la conducción y el entierro de un cadáver obraban en su compungida pusilanimidad era de toda la vida, tuvo plena consciencia de ello en el transcurso del hermoso enterramiento de su tío, una templada tarde de otoño. El cielo era de un azul inmaculado, el aire parecía dormir la siesta y el sol ya se había alejado para aquellas fechas lo suficiente para que sus rayos acariciasen los rostros expuestos sin mortificarlos, aunque su fuerza justificaba la abundancia de gafas obscuras tras las que los asistentes al luctuoso acto ocultaban su verdadero estado de ánimo. Habían acudido decenas de personas, ataviadas con su mejor ropa, para despedir en respetuoso silencio al bueno de Felicísimo. Hasta los enemigos mortales del finado habían asistido a su entierro.

         La multitudinaria manifestación de duelo impresionó a Patrocinio de tal modo que casi deseó ocupar el lugar del muerto en el interior del féretro. De este modo, él sería la estrella de la asamblea, el centro de todas las miradas, el beneficiario de todas las oraciones, el homenajeado de todos los discursos, el destinatario de todas las coronas de flores, de todas las falsas alabanzas, de todas las paletadas de tierra seca, el móvil de tanta emoción, tanto sollozo y tanta hipocresía desordenadamente congregados en torno a su lápida; en una palabra: el único e indiscutible protagonista.

         Desde entonces, el deseo de acaparar toda la atención en una ceremonia que contase con la presencia de tantas personas -personalidades incluso- fue creciendo en su entristecido interior hasta convertirse en una obsesión. Poco a poco, fue perdiendo el interés por todo cuanto le rodeaba e importaba, es decir, por la fábrica y sus tres golmajerías, estratégicamente distribuidas por la ciudad, hasta alcanzar un estado de ánimo propicio al adiós a la vida, libre por completo de terrenales afanes, compromisos y ataduras. La entrega de las extravagantes invitaciones por parte de la imprenta, a comienzos del mes de febrero, fue el penúltimo de los innumerables y penosos trámites que el confitero tuvo que cumplir antes de llegar a su objetivo final. El último, una vez enviadas aquéllas al correo, consistió en una visita a la funeraria.

         El gerente de «El Crespón» creía haberlo visto y oído absolutamente todo en el desempeño de su oficio, hasta que conoció a Patrocinio G. Soriano. A lo largo de su vida le había tocado recibir y, en la medida de sus posibilidades, satisfacer, las más peregrinas, caprichosas y absurdas peticiones de sus futuros clientes, pero ninguna como la del señor Soriano. Ciertamente, el aspecto físico del confitero correspondía más bien a un individuo de setenta y muchos años que a uno de cincuenta y pocos, pero, a juicio del funerario -infalible a la hora de calcular la vida que le quedaba a la gente con la que se tropezaba por la calle- ello no bastaba para explicar la certeza de muerte inminente que el extraño cliente tenía. No ofrecía, por ejemplo, el aspecto de un canceroso terminal, caso habitual de las personas que acudían al tanatorio poco antes de su muerte para encargarse personalmente de los trámites del seguro de defunción, la elección de la caja, el destino de sus restos, el formato de la esquela y demás detalles mortuorios. Pero, dado que Patrocinio pagó al contado y por adelantado, no hubo más que hablar. El encargado de la imprenta era ante todo un profesional y como tal habría de actuar en aquella ocasión tan rara. Sin embargo, nunca llegaría a comprender cómo podría saber su cliente la fecha exacta de su fallecimiento, aunque él. Además, febrero suele ser temporada baja para la industria funeraria, y no era cosa de desperdiciar un cliente, por raro y caprichoso que fuese.

         Todo se haría según las instrucciones recibidas: nada de funeral religioso, sino un acto civil en el propio tanatorio, al estilo americano. Lo malo de los funerales tradicionales, pensó acertadamente Patrocinio, era que, obviamente, el muerto no podía disfrutar de esa vistosa y concurrida reunión celebrada con el único fin de homenajearle. Por lo tanto, acudiría personalmente a su propio sepelio. De este modo escucharía, discretamente acomodado entre los asistentes, el panegírico que sus deudos y amigos pronunciarían desde el estrado. Recibiría en vida ese merecido homenaje que él mismo había contribuido a rendir tantas veces a tantas personas, familiares, amigos, conocidos, proveedores o clientes desaparecidos. Lo que él quería, sencillamente, era morirse al día siguiente.

         De ningún modo se trataba de una broma macabra; ni de esa clase las hacía. Además de triste, Patrocinio G. Soriano era un hombre muy serio, muy responsable, muy cumplidor; con los clientes, con los bancos, con Hacienda, con los empleados: con todos. Si organizaba sus propias exequias era porque se moría de verdad, aunque fuese un poco más tarde. Sólo así le sería posible disfrutar del gran día de su vida, y la certeza de este gozo bien valía, a sus ojos, el resto de una existencia que, rotos por completo sus lazos, carecería ya de sentido.

         La noche anterior a su penúltimo día, Patrocinio apenas durmió. Se lo impidió la imaginación de los sentidos discursos que sin duda pronunciarían, por este orden, los Presidentes de la Cámara de Comercio, elogiando su encomiable y exitoso afán exportador ; de la Federación de Empresarios, glosando su ejemplar trayectoria industrial, y de la Asociación Regional de Confiteros, alabando pero también envidiando sin duda el logradísimo acabado de sus frutas enchocolatadas. A continuación, muy probablemente, el representante sindical de «Golmajerías Soriano, S.A,» un buen chico en el fondo, rompería una lanza en favor del patrón humano, comprensible y tolerante. Finalmente, a falta de padres, esposa e hijos, alguno de sus amigos más próximos cerraría el acto con un emocionado repaso de sus loables virtudes personales, sociales, laborales y empresariales. Después de una jornada así, Patrocinio podía morir tranquilo. Y lo haría. Él era, ante todo, un hombre de palabra. Tristísimo, pero de palabra.

         Dispuso todo con la exactitud y el rigor de siempre. Cuando los empleados de la funeraria transportaron el ataúd escogido a su domicilio, el extraño cliente ordenó que lo depositaran en su dormitorio, junto a su cama. «Aquí lo encontrarán cuando vuelvan a recogerlo, el día 15 por la mañana».

         Su plan era el siguiente: el 14 por la noche, después de la cena, se pondría el traje y los zapatos nuevos; a continuación se introduciría en la caja y allí mismo ingeriría su postre favorito, un par de polvorones, pero esta vez portadores de una cantidad de veneno capaz de tumbar a un elefante. Su testamento garantizaba la supervivencia de la empresa, la conservación de todos los puestos de trabajo y un buen pellizco para las arcas públicas, al no disponer de herederos directos. Todo en regla, como siempre.

         Patrocinio G. Soriano jamás olvidaría el día más triste de su vida. Fue un 14 de febrero, martes. Un día lluvioso y frío, sí, pero no tanto como para que, a las dos de la tarde, tras media hora de espera, en el coqueto saloncito de la Funeraria y Tanatorio «El Crespón» tan sólo hubiese dos personas: el empresario de pompas fúnebres y el cliente, de cuerpo presente. Si no hubiera sido porque estaba sentado y con la cabeza aún erguida, habría parecido un cadáver de verdad. La misma inmovilidad, el mismo rostro inexpresivo, idéntica palidez. El gerente, convencido de que ya nadie aparecería por allí -“a estas cosas no se suele llegar tarde”- se acercó hasta el único asiento ocupado, puso su mejor cara de compunción y ofreció al desdichado Patrocinio su más sentido pésame.

         -Le acompaño a usted en el sentimiento, murmuró con voz cavernaria mientras le tendía la mano.

         -Gracias, respondió el confitero mientras la estrechaba, y una lágrima igualmente solitaria atravesó de un extremo a otro el desolado paisaje de inmensa tristeza que es capaz de abarcar un rostro humano.

         No tuvo necesidad de ingerir aquella noche veneno alguno para morir. Patrocinio salió muerto de su velatorio, ingresó cadáver en el asilo poco después y, cuando su estado mental se deterioró hasta límites no tolerados en el hogar de los ancianos, fue finalmente recluido, ya absolutamente difunto, en el miserable pabellón de los dementes seniles del Hospital Psiquiátrico. Allí permanece todavía, completamente muerto, a sus noventa y pico años. Todo aquél que acerque lo bastante su oído a los labios del ex sobrino, ex oficial y ex sucesor de Felicísimo Soriano, podrá escuchar la frase sin sentido que desde hace lustros, día y noche, a cada hora, a cada instante, el paciente más antiguo del manicomio repite sin cesar:

         -El chocolate es amargo, el chocolate es amargo, el chocolate es amargo…»

         Se llama Patrocinio García y, aunque aparentemente está vivo, va para cuarenta años que se quitó la vida.

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III. SOBREDOSIS

(Scherzo disonante)

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Señor juez:

   Antes de nada, antes incluso de pedir que no se culpe a nadie de mi muerte, he de formularle a usted la siguiente pregunta: ¿su señoría sabe música? Lo suponía. Cómo iba a entender de la más sublime de las artes una pila ambulante de gruesos librotes abarrotados de preámbulos, artículos y enmiendas. Y no es lo malo los libros. Es que así tendrá usted también el cerebro, ¿no es cierto? A rebosar de sumarios y requerimientos. Un legajo arrugado y polvoriento, en eso debe consistir lo que transporta usted dentro de la cabeza; dicho sea con todo el respeto y sin ánimo de ofender. En mi vida he faltado a nadie y, si alguna vez lo hice, juro que fue sin quererlo y pido perdón por ello. No tengo nada contra nadie y menos contra los jueces. Si así fuese, podría aprovechar esta magnífica oportunidad para insultarles a ustedes en este escrito hasta hartarme y, obviamente, sin temor alguno a represalias por desacato, dada mi condición de difunto cuando usted lo esté leyendo. Además, cada cual tiene la cabeza llena de lo suyo: usted, de leyes; otros, de números; la mayoría, de serrín. Yo, ya ve usted, la tuve de corcheas. Nací músico, la música fue toda mi vida y finalmente ha sido la música la causa de mi muerte. Bien, pues vaya usted buscándose un colaborador que tenga conocimientos de solfeo y armonía; bastará aunque sean rudimentarios. Sólo así podrá comprender completamente el significado de esta misiva y, por tanto, de mi muerte. Como no creo que ningún funcionario de su juzgado sepa algo de música (lo contrario sería una sorpresa), tendrá usted que echar mano de un experto. Chocante, ¿verdad? Un perito músico debe ser algo insólito.

         Antes de continuar, quisiera pedirle un favor, si no le molesta. Como supongo que será usted quien presidirá el levantamiento de mi cadáver, o, lo que es lo mismo, que nadie lo habrá tocado hasta que usted llegara, le ruego que ordene el máximo cuidado a quien deba retirarme los auriculares de la cabeza: valen un dineral. ¿Qué cuánto? Da vergüenza confesarlo, pero seguro que su precio actual dobla el sueldo de su señoría. Un escándalo, lo sé. Pero sepa usted también que un servidor no ha tenido otro vicio en su vida que el disfrute de la música grabada. Otros se gastan los cuartos en cosas mucho menos recomendables. En cambio yo, que carezco de cónyuge y descendientes directos, he preferido invertir mis honrados y más bien justitos ingresos de funcionario en buena música y buenos aparatos que la reproduzcan con el máximo realismo posible. Siempre fui cuidadoso con mis cosas, pero eche usted una rápida ojeada a mi equipo de alta fidelidad, a mi teclado electrónico y a mi colección de discos aprovechando que se encuentra en la misma minúscula habitación que encierra mi tesoro y verá que, en lo tocante a la música, el esmero habitual en la conservación de mi modesto patrimonio se ha exaltado a un celo, un mimo y un cariño más propios de un padre enternecido que de un vulgar propietario de objetos de consumo. De manera que, aunque ya no me van a servir para nada, por favor, traten mis cascos con esa delicadeza a la que están acostumbrados. Permítame sugerirle que sea el forense el encargado de retirarlos de su emplazamiento; más que nada, porque, dado lo espantoso del procedimiento que he escogido para quitarme la vida, es más que probable que mi desfigurado rostro ofrezca una mueca tan inolvidablemente espeluznante que tan sólo un médico, y más si es forense, sea capaz de soportarlo sin que su pulso tiemble lo más mínimo al acercarse a él para efectuar esta operación. Mis ojos, verá cómo no exagero, habrán sido expulsados de sus órbitas, mi boca, babeante, estará torcida completamente para un lado y la lengua parecerá que quiere escaparse también del mismo horror a través de su orificio abierto de par en par.

         Una vez que el forense (quien, a buen seguro, estará harto de ver muertos con peor aspecto que yo) haya rescatado felizmente los auriculares, ya puede usted obrar como mejor le plazca. Pero, naturalmente, deberá en primer lugar liberar mis muñecas de las esposas que me mantuvieron encadenado al sillón durante la mortal sesión de tortura a la que voy a someterme esta misma noche. Únicamente así podré acabar con la desesperante situación que ha venido a amargar, del modo más cruel, los últimos meses de mi existencia, hasta el extremo de anhelar su fin por encima de todo. Las esposas, señor juez, han significado en este asunto lo que las amarras con que Ulises se hizo atar al mástil. Por cierto, la llave que permite su apertura está en el cajoncito de mi escritorio. No crea que me resultó fácil colocármelas yo solo. Tuve que realizar varias sesiones de entrenamiento, pero al fin lo conseguí. No hubo cómplice, palabra de muerto.

         Quizás, señor juez, a estas horas ya se ha presentado en su juzgado una denuncia por agresión con un mando a distancia, probablemente con resultado de un gran chichón o herida en la cabeza, o de magulladura en un pie, como mucho. No lo dude, se trata del mío. Yo mismo lo arrojé por la ventana, con la secreta esperanza de acertarle en la crisma a uno de esos zánganos que se pasan el santo día haciendo el mono con el monopatín bajo mi ventana, triqui traca, triqui traca, siempre alborotando. Ya sé que un mando a distancia no pesa gran cosa, pero teniendo en cuenta que fuerza es igual a masa por aceleración, creo, y que vivo (por muy poquito tiempo ya) en un undécimo piso, confío en que el factor velocidad adquiriese una magnitud respetable o cuando menos digna de producir un escarmiento duradero en esa bandada de gamberros ociosos que habían hecho de mi acera su pista de circo particular. Caso de haber hecho diana, no obstante, espero que las lesiones no hayan pasado de un buen coscorrón, como digo. Si hubiese querido matarlos les habría bombardeado con mis tiestos de geranios, pero salga usted a la terracita y verá que no falta ninguno. Insisto en que sólo pretendía ahuyentarlos, no causar una masacre entre los muchachos. Por no hacer, ni apunté. Ni miré siquiera hacia abajo cuando lo lancé al vacío. Señor juez, las funciones de un mando a distancia son ilimitadas. ¡Qué invento tan fascinante! Lamento haberlo destruido de esa manera, pero era absolutamente necesario. De haberlo conservado en mi cuarto, es seguro que, a poco de iniciarse el suplicio al que iba a someterme, me habría acercado hasta él arrastrando penosamente el sillón al que me encontraba esposado, con la fuerza sobrehumana que sólo es capaz de proporcionar la extrema desesperación, y habría accionado con la punta de la nariz, o de la lengua si fuese necesario, el botón capaz de detener inmediatamente la horrísona babel de sonidos. Ya sé que podía haber encerrado el mando en el congelador del frigorífico, o en la taza del retrete, escondites inaccesibles para una nariz adherida a un hombre esposado a un sillón, pero no olvidemos el necesario escarmiento a distancia de los gamberretes del monopatín. Si el susto que se llevaron al ver el milagro de la sangre brotando de una de sus cabezas huecas fue suficiente, seré recordado por mi comunidad de propietarios, no como el insociable vecino que un buen día se quitó la vida, con la mala nota que tal antecedente proporciona a un barrio, sino como el héroe que les libró para siempre de aquel rebaño de ruidosos golfantes desocupados con el que nadie antes había osado enfrentarse.

         Estará preguntándose usted qué es lo que me ha matado, como es lógico. Dígales a sus ayudantes que no se molesten en buscar cosas raras. Que no enreden inútilmente. Ni en el apartamento (donde no encontrarán venenos, armas, drogas ni medicamentos) ni en mi propio cuerpo (que no presenta la menor señal de violencia). Si quiere usted hacer trabajar al forense, ordénele mi autopsia, pero le aseguro que no encontrará nada sospechoso en ninguna de mis vísceras; salvo que el cerebro de los melómanos más exquisitos y refinados pueda desintegrarse ante el horror de la cacofonía. En este caso, es posible que encuentren el mío convertido en puré. ¿Sabe su señoría distinguir un lector de discos compactos del resto de componentes de una cadena de alta fidelidad? No importa. De los cinco elementos que componen la mía (amplificador, ecualizador, lector de discos compactos, magnetófono y radio), el asesino es el que ocupa el centro. Justamente el que está mucho más metido, como empujado hacia el fondo del mueble que los cobija. Al disponerlo de este modo, me hubiera resultado imposible accionar la tecla “Stop” con la nariz o la lengua aunque lo hubiese intentado, de lo que no me cabe duda, cuando el pandemonium de chirriantes disonancias invadiese fatalmente mi cabeza. Bien, señoría. Acérquese al lector y oprima la tecla “Open/Close”. No se preocupe, si nadie ha tocado nada, como debe ser, todavía continuará enchufado el aparato. Oprímala y al instante saldrá del aparato hacia usted una bandejita sobre la que descansa un pequeño disco plateado. Tómelo. Él me ha matado.

         No me choca que esté tan sorprendido. Apuesto a que el forense también lo está. No entienden nada, ¿verdad? ¡Cómo es posible que una persona pueda morir a causa de una audición, nada menos que de la Quinta Sinfonía de Beethoven? Es lógico que piensen que existe un truco. Que hay gato encerrado. Pues no. Les aseguro que, efectivamente, se trata del inmortal Opus 67 del genio de Bonn. Pueden comprobarlo, si lo desean. Para ello, deposite el señor juez el disco de nuevo en la bandeja y oprima la tecla “Play”. En pocos segundos tendrán a la Orquesta de Cleveland atacando el requeteconocido po-po-po-pooooo…, etc., a las órdenes del maestro Szell. Magistral. No vayan a creer que yo escuchaba cualquier versión de cualquier obra. En mi discoteca sólo encontrarán las mejores. ¡Y cómo suena!, ¿eh? Hasta un juez y un forense deben rendirse sin remisión ante una música tan poderosa, tan universal, tan inmensa. Bien, pueden escucharla entera, si lo desean, pero no se olviden al final de extraer el disco (ya saben, “Open/Close”), guardarlo en su estuche (está ahí mismo) y devolverlo a su sitio, en la estantería más alta (se ve de sobra el huequecito que debe ocupar). Luego, me cierran la bandejita de nuevo (“Open/Close” otra vez) y desconectan de la corriente tanto el lector como el amplificador (la pieza superior), pulsando para ello la tecla “Power” que presentan ambos aparatos; llevarán muchas horas encendidos y un calentón podría echarlos a perder. Ya sé que está usted impaciente, señor juez, por llegar cuanto antes hasta el fondo de este asunto. Calma, ya está llegando. Primero debía asegurarme de la devolución del disco a su sitio, la desconexión eléctrica de los aparatos y todo lo demás. Si hubiese comenzado con lo único que a usted le interesa, a saber qué sería de mi equipo.

         Verá. El invierno pasado pasé una gripe como hacía muchos años que no padecía. Fue un trancazo tan imponente que en algún momento llegué a pensar que me moría. Ojalá hubiese sido así, porque la calentura acabó cediendo, sí, y la maldita tos, y la sensación de haber recibido una paliza fenomenal. Pero me quedó la más terrible secuela que un gran aficionado a la música clásica pueda padecer en su vida. Peor que perder una pierna, o un brazo. Peor que perder hasta la vista, señor juez. Que Dios me perdone, pero peor aún que perder la vida: un pitido en el oído derecho. ¿No es horrible? Un inmisericorde pitido, día y noche, un tormento constante, un castigo despiadado que no creo haber merecido. Ha sido espantoso. Durante el día, vaya. La barahúnda de la vida es más fuerte, claro, y lo  soportaba mejor. Pero al caer la tarde, en el momento de quedarme solo en mi cuartito de música, el maldito pitido se apoderaba de mí como un demonio de su poseso. Usted no se puede hacer una idea de lo que es para un melomaníaco como yo (lo mío, señor juez, no es afición, sino adicción) tener que escuchar continuamente un molesto ruido que, para más inri, llevo ahí dentro, justo al otro lado del mismísimo tímpano. Pero es que ahí no queda la cosa, señor. (A partir de este momento le conviene tener a mano ya al entendido en música al que me referí al principio de la carta). La escala musical temperada, que es la que ha regido la música occidental toda la vida, consta de doce notas. Doce sonidos diferentes. Ya sabe, las doce teclas del piano, cinco negras, siete blancas, ¿sí? Bien. Hasta este mismo siglo, las obras musicales se construyeron de acuerdo a las reglas de la tonalidad. Su asesor se lo explicará con más detenimiento, no se preocupe. Sólo quiero que sepa ahora que, cuando decimos que tal obra está en do mayor, o en mi bemol menor, por ejemplo, significa que esas notas (do, mi bemol) son las primeras de la escala que sirve de eje o columna vertebral a la composición.

         Sepan ustedes que, a la hora de ponerse a escribir una nueva obra, los músicos no escogen las tonalidades por capricho o al azar. Nada de eso. Cada tonalidad posee un color distinto y expresa una emoción o un estado de ánimo diferentes (no pierda la entereza, señoría, que pocos levantamientos de cadáver le resultarán tan instructivos como éste). Como norma general, las tonalidades mayores son alegres y optimistas, mientras que las menores presentan un panorama inconfundiblemente triste y sombrío. Existen tonalidades melancólicas, luminosas, lúgubres, triunfales… Algunas, como comprenderá, han sido más utilizadas que otras por los compositores, no digo cuáles para no cargarle. Ahora bien, hay otras tonalidades que los músicos escogen rara vez para definir armónicamente su música… por lo horrorosas que son. El símil con la pintura es perfecto. ¿Se imagina usted a la Gioconda con la piel de color añil? ¿Al Guernica en rojo y amarillo? ¿A Los Girasoles en tonos verdes? Ande, pregúntele a su experto si ha escuchado alguna vez una composición musical en la insólita y lánguida tonalidad de re bemol menor y verá qué cara más rara le pone. Nadie compone en esa birria de tonalidad. Absolutamente nadie, señor mío. ¿Qué y qué? Pues que mi pitido, sabe usted, es (era, a estas benditas horas de rigidez y livideces) en re bemol, y el odioso no ha tenido a bien modular ni un miserable semitono desde su instalación en mi oído derecho, ya va para un interminable año.

         Cuando, seguro de que no se trataba de una molestia transitoria, me abalancé sobre mi teclado electrónico para localizar el dichoso pitido en la susodicha escala temperada, no pude menos que lanzar un grito de terror. ¡Re bemol! . Iba a pasarme el resto de mi vida (eso dictaminaron la media docena de otorrinos que consulté y que no hicieron conmigo otra cosa que sacarme los cuartos a cambio de llamar “acúfeno” a mi pitido) con un irritante, inaguantable y monótono re bemol pegado a mi oído derecho. ¿Sabe usted lo que eso significa? Pues ni más ni menos que una constante disonancia con cualquier música que me propusiera escuchar, señor juez. En otras palabras, una condena a silencio musical perpetuo o, peor aún, a tener que vivir con la radio o el televisor permanentemente enchufados, señoría. ¿Se da cuenta ahora? Pero es que todavía hay más. Su competente perito le explicará con más tiempo del que yo dispongo que la altura de la primera nota de la escala (la tónica) no basta para definir una tonalidad. Está, además, la tercera o modal, tan importante o más, ya que según el intervalo que la separe de aquélla (dos tonos completos o un tono más un semitono), así será el modo (mayor o menor, respectivamente) de dicha tonalidad. En definitiva, que mi re bemol podía ser mayor o, lo que es peor todavía, menor. Desafortunadamente, los armónicos del maldito pitido se decantaban claramente por la segunda opción, es decir, por el desastre total. Créame, no ha existido compositor serio o en sus cabales que haya escrito absolutamente nada en re bemol menor. Palabra de honor. Salvo, naturalmente, la obligada excepción a la regla. ¡Qué gripe más cruel, señor juez! Entre los veinticuatro pitidos posibles de la paleta armónica, la malvada vino a marcar el resto de mis días con una tonalidad atípica, horrible y enferma. Con un pitido en do mayor, en la menor, en mi o si bemol mayor, en sol mayor, en si menor o, si me apura, en fa sostenido mayor o menor, hubiese podido seguir disfrutando de buena parte de las grandes obras de los grandes maestros, pues mi cultura musical se las habría apañado sin duda para aprovechar el dichoso acúfeno como una nota pedal, un bajo continuo o lo que fuera. Recursos musicales no me hubiesen faltado, se lo aseguro. Pero con un re bemol menor, no hay nada que hacer. Bueno, casi nada.

         Ya dije antes que, espoleado por la consternación y la desesperanza, me lancé a la búsqueda de cualquier cosa escrita en tan absurda tonalidad, y lo hice con tal frenesí que acabé encontrándola. Mi biblioteca musical, falsa modestia aparte, es magnífica. Lo que no pueda encontrarse en ella, más vale no continuar buscando. Tarea inútil. Así pues, en el tomo III, página 368, párrafo cuarto del prestigiosísimo Grove Dictionary of Music, pude localizar la irrelevante biografía de un músico checo llamado BLANIK, Jan Nepomuk (Brno, 1845 – Praga, 1907) entre cuyas escasas obritas menores (tres o cuatro polcas de salón, un par de marchas de circunstancias y una mazurca-capricho que, afortunadamente, se perdieron por completo) descollaba nada menos que toda una Obertura de concierto, titulada “La esperanza de Moravia”, escrita… ¡en re bemol menor! Wagner (o sea, Dios) aprieta pero no ahoga, exclamé alborozado, pues, cuando menos, a partir de este descubrimiento podría escuchar alguna música sin interferencias insalvables. Además, el tal Blanik había sido alumno nada menos que del gran Bedrich Smetana, del que su señoría probablemente no ha oído hablar, pero su perito, estoy seguro, estará de acuerdo conmigo en que su obra no merece sino vehementes elogios. Con semejante maestro, traté de animarme, Jan Nepomuk no podrá decepcionar. Será, me dije, uno de esos excelentes músicos checos imperdonablemente olvidados, cuya obra, del todo desconocida (por excluida de los grandes circuitos comerciales, usted me entiende), está pidiendo a gritos una urgente y justificada exhumación. Sólo Dios sabe la guerra que di hasta conseguir la única grabación existente de “La esperanza de Moravia”. Mi proveedor habitual de discos casi da en loco por lograr su importación desde la antigua Checoslovaquia. Pero lo consiguió. Siempre se portó muy bien conmigo ese chico. No he olvidado la cara que puso cuando me lo entregó en la tienda. Como diciendo, y para esto me has hecho dar tantas vueltas… No tuve valor para preguntarle cuál era su opinión sobre aquella música, porque estaba seguro de que él la había escuchado ya. Ya me llevaría personalmente la decepción, esa misma noche, en mi casa. En esta misma habitación, señor juez.

         Fue verdaderamente horroroso. El pitido, como era de esperar, se acopló a la obertura desde el primer compás, pero ya en el octavo comenzó a sonar la alarma de lo detestable y sin finalizar siquiera el primer tema pude saber que incluso el gran Smetana, señoría, tuvo que aleccionar a zotes para sobrevivir. Así de triste. ¡Qué pobreza en la invención!, ¡qué vulgaridad en la melodía!, ¡qué miseria en la instrumentación! Así se escriben los curriculos, señor juez: “fue alumno de Bedrich Smetana”. Nada menos. Pues, ¡qué poco aprendió del autor de “Mi patria”! Ni copiar debía saber el pobre Blanik, se conoce. Mediocre, insulsa, insufrible obertura, sí, pero mira por dónde, en re bemol menor. Y me la tuve que tragar. ¡Vaya si me la tragué! No quiera usted saber la de veces que me he metido en el cuerpo esa muestra de incompetencia, falta de inspiración y bastedad de oficio. Y cuidado que está bien grabado, encima. Lo bien que suena, semejante matraca. Escúchenlo ustedes, si tienen el valor suficiente. Usted igual no, señoría, pero el forense y el perito lo soportarán; por razones bien distintas (su respectiva experiencia en el depósito de cadáveres y en el conservatorio), estarán acostumbrados a enfrentarse a horrores mayores.

         Ahora bien, no debo ser tan injusto con esta insoportable obertura, pues durante algún tiempo consiguió hacerme olvidar el tormento del pitido. Cada noche me acostaba con sus ecos, los cuales, al admitir plenamente en su estructura armónica a mi molesto acúfeno (había pasajes en los que hasta logré reconciliarme con él, pues sonaba igual que un flautín que Blanik hubiese incluido en su murga), me permitían conciliar el sueño. Pero, una noche, bien. Dos, tres, siete, vaya. Ahora bien, diez, veinte, treinta, ¡cien noches! Pagando tan alto precio por mal dormir unas horas… ya estaba bien, señor juez. Lo juro por Dios: no hay bicho que lo aguante. Se lo digo yo, que de aguantar sé más que nadie, pues no en vano llevo treinta años tras el mostrador de información de la delegación provincial de Hacienda. Así que un día me dije: hasta aquí hemos llegado. Prefiero la muerte antes que un día más de esta intolerable pareja de infrahumanos tormentos formada por un pitido auditivo postgripal y la no menos espantosa obertura de un maldito aficionado. Y lo planeé todo cuidadosamente.

         Ante todo, había que buscar una tonalidad lo más chirriante e incompatible posible con la de Re bemol menor, es decir, Do menor. A continuación, escoger una obra maestra escrita en esta tonalidad, con un poderío fuera de lo común y que al mismo tiempo formase parte de mis músicas predilectas. Ya está:  la Quinta Sinfonía de Beethoven. Luego vendría la cuidadosa puesta en escena: el lanzamiento del mando a distancia, la colocación del lector de discos compactos fuera del alcance de mi nariz aguileña, el acoplamiento de los auriculares y el esposado final a mi vieja poltrona. Como ve, señor juez, mi plan no ha fallado.

         Adiós, señoría. Trataré de abandonar este mundo con la dignidad de siempre. Procuraré mitigar mis horribles sufrimientos (consecuencia de la lucha sin cuartel que dos tonalidades que se odian, repelen y combaten como enemigos mortales, van a librar dentro de poco en el torturado campo de batalla de mi entendimiento musical) consolándome con el recuerdo de que tanto Beethoven como Smetana fueron completamente sordos. Y no ponga en duda la Justicia que un servidor no ha muerto de otra cosa que de una brutal sobredosis de disonancia, voluntariamente administrada.

         Que Dios se apiade de mí pero, sobre todo, de los desdichados habitantes de ese lejano país sin esperanza posible llamado Moravia.

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IV. EL HOMBRE QUE  SABÍA TOCAR UN ADAGIO

(Adagio lacrimoso)

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Un día más, justo antes de clarear, la escandalosa alarma del despertador rompió a sonar en medio del desván. Impelido por sus propias vibraciones, el viejo reloj colorado comenzó a desplazarse sobre la superficie de madera que le servía de estante. Parecía un gigantesco escarabajo enloquecido, correteando libremente por la minúscula vivienda, sumida aún en la oscuridad.

         -Padre, despierta… es la hora, despierta, padre, ¡despierta!     

Al fin tuvo que ser uno de los dos niños que compartían con el hombre el mismo techo inclinado, quien saltara de su camastro. Con el corazón acelerado por el susto, el muchacho llegó a tiempo para evitar la catastrófica caída del despertador.

         -Padre… ¡padre!, las siete, que son ya las siete, despierta…

El hombre abrió al fin los ojos y se esforzó en ofrecer una sonrisa al muchacho que le estaba observando con gesto preocupado. Luego lanzó un interminable bostezo, prolongado por los entrecortados intentos de hablar.

         -Ya voy, hijo… he descansado tan mal… anoche… llovió mucho…. me acosté tarde… ¿Y tu hermano?

         -Está dormido. ¿Vas a ir también hoy a buscar trabajo, padre? -preguntó el primogénito del hombre con una seriedad impropia de su corta edad, como si estuviese representando un papel de adulto en una comedia de colegio.

         -Claro, hijo, sólo que hoy, seguro que lo encontraré -prometió el hombre mientras se incorporaba, esforzándose en proporcionar a sus palabras una seguridad capaz de engañar al más avispado de los chiquillos-. Anda, acuéstate otra vez y cuida de tu hermano. Ahí os dejo el dinero para comer. Hasta la vuelta…

         El hombre, que se llamaba Andric, se atusó los cabellos y se vistió con desgana en la penumbra. Antes de salir, se asomó a la claraboya para ver qué cara ofrecía la mañana. El cielo aparecía despejado y la atmósfera nítida, recién lavada por el agua de la intensa lluvia caída durante la noche. Un buen día para encontrar trabajo, pensó, pues había observado que, en aquella ciudad extraña, las personas se mostraban de buen humor cuando el sol resplandecía. Y se lanzó a la calle.

Un día más, mientras se dirigía a la boca del metro, Andric trató de convencerse de que, en el fondo, no estaba tan mal. Habían tenido suerte porque otros compatriotas, refugiados como él, se encontraban en situaciones infinitamente peores. Él y sus hijos, al menos, tenían un hogar. Un viejo desván, sí, pero una vivienda al fin y al cabo, con una cama y un techo. Era mucho más de lo que habían dejado atrás, un montón de escombros en medio de una aldea arrasada por el odio, la intolerancia y la barbarie. El desván, en realidad, era un cuarto trastero lleno de cajas y objetos inservibles en el que la familia Andric había sido alojada temporalmente, gracias a las gestiones de una organización humanitaria, en tanto lograban el ansiado contrato de trabajo que les permitiría legalizar su situación y permanecer en el país al que habían llegado huyendo de la destrucción y la muerte. Había hasta un antiquísimo piano vertical, olvidado por el propietario del desván, que utilizaban como anaquel, despensa y guardarropa. Sin embargo, gracias al viejo piano, Andric afrontaba la nueva jornada con una esperanza recién brotada en el corazón. La noche anterior había descubierto que todavía funcionaba y que podía convertirse en la salvación de aquella familia incompleta, desposeída y exiliada.

         -No ponemos en duda que su documentación es correcta, señor… Andric, pero el título de Técnico Superior en… Colectivización Agraria, o como se llame, no está reconocido en nuestro país. No está homologado, no se puede ejercer aquí, vamos, que no existe esa profesión, ¿me comprende? Lo siento. Pero, dígame, ¿qué otra cosa sabe hacer usted?

         Nada. Absolutamente nada. En el país en guerra de donde había logrado escapar junto con sus hijos, no le habían preparado para otra cosa. En el que lo había acogido, por tanto, no iba a ser de utilidad. Durante la semana larga que llevaba en la ciudad, no hacían más que preguntarle qué otra cosa sabía hacer. Su respuesta era siempre la misma: nada. Pero no era cierto del todo. El inmigrante balcánico que sobrevivía con sus hijos en un desván caritativamente cedido, había estudiado música en su infancia. Su propia madre, una maestra rural, le enseñó en el viejo piano de la escuela la magia de las notas, el secreto de los pentagramas, el misterio de las melodías que surgían de sus manitas cuando acariciaban el teclado. Durante el corto viaje en metro, aferrado al asidero del techo para no perder el equilibrio en los constantes arranques y frenazos, atrapado entre una muchedumbre de desconocidos que no se miraban a los ojos para, Andric se puso a recordar a su madre.

         -Ama siempre a la música, hijo -le decía al finalizar cada lección- porque nunca encontrarás amante más fiel y generosa. Cuando te encuentres solo o te sientas desgraciado, acude a ella. La música te proporcionará siempre alivio, consuelo y compañía.

         Las puertas automáticas se abrieron y el vagón que había trasladado a Andric hasta el corazón mismo de la gran ciudad vomitó en el andén a la muchedumbre entristecida y silenciosa que tanto se parecía a la que durante muchos años le había acompañado, camino del Ministerio de Agricultura. Era tan parecida que algunas mañanas, cuando aún no se había despabilado del todo, le parecía que aún se encontraba en su verdadera patria. La extraña sensación de irrealidad se esfumaba cuando la escalera mecánica que subía a los viajeros desde las catacumbas a la superficie como si fuesen autómatas, depositaba a Andric en el centro de la ciudad, un hervidero de ruidos, humos y prisas que lo atrapaba y devoraba como la araña al insecto recién caído en su trampa.

         -Lo siento, pero… dígame, ¿sabe usted hacer otra cosa?

         No. Nada. La esperanza de los primeros días en busca de trabajo fue debilitándose tras cada nueva negativa, hasta esfumarse casi por completo. Fue duro admitir que, en su nuevo país, la política de colectivizaciones era un fenómeno todavía más extraño y desconocido que su idioma, su atormentada historia o  la nieve cubriéndolo todo durante cinco meses al año. El horror que se apoderó de Andric ante la posibilidad de regresar forzosamente a su país le inducía a pensar en cosas terribles. La muerte, antes la muerte, se decía mientras iba y venía de un lado para otro, intentándolo una vez más.

         Pero aquella mañana había buenas razones para la ilusión. Estaba convencido de que sería su última peregrinación de oficina en oficina, de decepción en decepción. La noche anterior, enfermo de desesperación y movido quizá por un atávico instinto de supervivencia, Andric arrimó al piano el único asiento que había en el desván. Con mano temblorosa levantó la tapa y la luna llena, que observaba desde el otro lado de la claraboya, descubrió el teclado de marfil y ébano. Tras unos instantes de duda sus manos, como si tuviesen vida propia o fuesen las de otro, se dirigieron hacia el lado izquierdo de la escala pálida tendida de improviso entre la oscuridad de su alma y el tibio resplandor de la luna. La primera en encontrar acomodo fue la izquierda. El dedo meñique exploró los entrantes y salientes antes de posarse definitivamente sobre una de las invisibles teclitas de ébano y una vez localizada la principal referencia, la identificación de las demás fue cosa hecha. La correcta posición de la mano izquierda fue el punto de partida de un complejo proceso, dormido desde hacía décadas en algún recoveco de la mente de Andric, cuya capacidad de reproducción parecía mantenerse asombrosamente intacta. A continuación, la mano derecha se fue a su sitio sola, como el hermano pequeño sigue al mayor, confiando a ciegas. Andric cerró los ojos y en medio de la oscuridad se encontró con la tierna sonrisa de su madre. Casi sin darse cuenta, los dedos del pianista pulsaron las teclas sobre las que descansaban y del polvoriento instrumento brotó el primer compás de bellísima música y luego el segundo y el siguiente, hasta completar la primera frase. La melodía, hermosa, noble y tierna, comenzó a elevarse como el humo de la hoguera en medio de la calma. La música, dulce y delicada pero al mismo tiempo poderosa e intensa, escapó por la claraboya entreabierta, invadiendo la atmósfera de la noche abrileña como el olor del pequeño incensario es capaz de impregnar todo el aire contenido en la catedral más gigantesca. Transfigurado, con los ojos cerrados y como en éxtasis, casi inconsciente, Andric continuó interpretando el adagio cantabile de la Sonata Patética hasta el final, sin que el intérprete supiera qué era lo que estaba tocando. Más que un músico, Andric parecía un sonámbulo en pleno trance, un medium ejecutando una voluntad superior, inasequible y lejana.

         La melodía continuó elevándose más y más, por encima de la humilde buhardilla, hasta sobreponerse a los confines del aire viciado que envolvía a la ciudad. Ascendió a través de la noche, traspasó la atmósfera entera, venció la atracción de la Tierra y se expandió en todas direcciones colmando de emoción al vacío eterno, sobrecogiendo a meteoritos, satélites, planetas y hasta galaxias enteras con su canto de grandeza y esperanza humanas nacidas de la desdicha. Y el universo, conmovido hasta en sus ignotos confines, se encogió de pura compasión, de ilimitado dolor, de congoja infinita. Las estrellas dejaron de brillar, las constelaciones se desdibujaron en el cielo, los ojos de la luna se empañaron, de todas partes surgieron nubarrones que cubrieron enseguida el cielo de la ciudad y una imprevista tormenta se abatió sobre ella. La noche se puso a llorar, tocada en lo más hondo de su misterio por las armonías de un adagio que un ser humano había compuesto para tutear al mismísimo Dios con el lenguaje de la música.

         -Dígame, ¿qué sabe hacer usted?

         -Pues verá, señor, toco el piano.

         -¡Ah, músico!, está bien, hombre, pues precisamente por aquí necesitaban un pianista, o algo así… a ver… aquí está, eso  es, un teclista, es lo mismo, ¿no? Hoy es su día de suerte, ¿eh?, mire, es un piano-bar, o algo así, ya sabe… aquí tiene la dirección. Buenos días, y ¡hala, a aporrear el piano!, sí señor…

         Rebosante de ilusión, Andric se dirigió al lugar que le habían indicado en la oficina de colocaciones, un bar de copas para noctámbulos sin iluminación natural que apestaba a una irrespirable mezcla de sobaquina y tabaco. Cuando el individuo que lo regentaba, un tipo con la papada sin afeitar que respiraba con dificultad, le invitó a «tocar alguna cosilla», Andric cerró los ojos, se abandonó al recuerdo de su madre y el milagro de la noche anterior se reprodujo: las manos corrieron a su sitio con la misma seguridad que si efectuasen la maniobra cientos de veces cada día, y la música del más bello adagio beethoveniano transfiguró durante unos instantes aquel antro.

         -Muy bien, está muy bien, pero aquí la gente no viene a dormir sino a divertirse. A ver, toca otra cosa más movida, más ligera… ¡más moderna, hombre!..

         Casi una docena de tugurios recorrió Andric en una sola mañana, yendo de un extremo al otro de la ciudad con su adagio enredado en unas manos nerviosas y cada vez más tensas. Casi una docena de veces, la dolorosa experiencia de la primera vez se repitió a lo largo de un día que había alboreado con destellos de esperanza. Unos le rechazaron con educación. Otros se burlaron de su música aburrida y antigua. Hubo quien le llamó gamberro, y degenerado, y hasta quisieron echarle a patadas de un local. El día se le fue en presentaciones, pruebas y despedidas hasta que, finalmente derrotado, emprendió la retirada subido al tren suburbano, aprisionado entre la misma multitud silenciosa, cabizbaja y absorta que en el viaje de ida, con el regusto amargo del fracaso en el paladar bañado en lágrimas. Un día más, cuando entró en la buhardilla, el niño pequeño ya dormía y el mayor le aguardaba despierto, con cara de padre más que de hijo.

         -Padre, ¿lo encontraste? ¿has conseguido un trabajo? ¿eh?     

         Y, un día más, el hombre repitió el sobrehumano esfuerzo de sonreír. Acarició la greña de su primogénito con ternura y le guiñó un ojo antes de acostarlo en su camastro.

         -Uno no, hijo -susurró con voz quebradiza mientras le tapaba bien con la manta- ¡Varios! Pero tengo que pensarlo mucho antes de escoger uno de ellos, ¿sabes? No conviene precipitarse. Y ahora, duérmete, como tu hermano.

         Cuando el muchacho sucumbió a la fatiga, el hombre acercó el taburete al piano y levantó la tapa que cubría el teclado. Al día siguiente, ni los más viejos recordaban un desgarramiento del cielo tan aterrador como el que había ocasionado la interminable tormenta caída sobre la ciudad durante la noche.