El Decatlón Riojano

Título: El Decatlón Riojano
Publicado por: Ediciones SAL
Páginas: 79
ISBN: 84-89243-07-7

En 1999 me presenté al 7º Premio "Café Bretón-Pacharán La Navarra. Me enteré de la convocatoria dos semanas antes de expirar el plazo y durante doce días me puse a escribir después de la cena este librito, a razón de capítulo por noche. La obra, subtitulada "Una expansión sobre el lado oscuro de la riojanidad", se ocupa en clave humorística de diez "deportes" riojanos, a saber: Lanzamiento de gargajo, Salto de semáforo, Levantamiento de vidrio, Arrastre de pimientos, 4x4 decibelios, Triple taco, Mil metros chándal, Marcha, Chupinazo y Musín, precedidos de una Introducción y seguidos de un Epílogo.

El jurado no me concedió el premio principal pero sí el "Grano de Plata" al mejor autor riojano de los presentados. Como no suponía la publicación de la obra, decidí hacerlo por  mi cuenta inventándome una editorial de pega (Ediciones SAL, de Sáez Aldana). El libro fue un éxito y pronto tuve que lanzar una segunda edición.

 

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LANZAMIENTO DE GARGAJO

 

         Una muestra de lo poco que efectivamente hemos cambiado en los últimos cien años es la descripción que Doña Emilia Pardo Bazán, en pleno siglo XIX, hizo en una de sus novelas de cierto suelo "sembrado de gargajos y colillas". A punto de entrar en el XXI, estas dos muestras de guarrería urbana, junto con papeles, envoltorios, cáscaras y cagarrutas de perro (algunas auténticos zurullos), constituyen la repugnante siembra que el riojano nunca acostumbrado ha de ir sorteando entre náuseas cuando se aventura a deambular por cualquiera de las calles de la capital o de cualquier otra localidad de la comunidad autónoma uniprovincial. Entre este muestrario de guarrería urbana, el lapo se destaca como la más inmunda y repulsiva expresión de conducta incívica que puede observarse en nuestros días, una vez erradicada la espantosa costumbre de mocarse sin más medios que los dedos propios, con caída libre del velamen al borde de la acera, y dado que a nadie en sus cabales le ha dado todavía por ponerse a obrar en plena calle, seguramente más por no enseñar las vergüenzas que por otra cosa. De hecho, lo que en ocasiones parecen inocentes gallos expulsados por su productor debido a un simple exceso de insalivación no son otra cosa que esputos cargados de los más variados microorganismos, hecho que convierte una aparente muestra más de incivilidad en un verdadero atentado contra la salud pública.

         El de escupir libremente en la vía pública es un deporte casi exclusivamente varonil que suele iniciarse en la adolescencia, como mero gesto chulesco, y alcanza su apogeo en la llamada tercera edad, ya más por la necesidad de liberarse de esas incómodas flemas bronquiales nicotínicas. Pues, efectivamente, su práctica está íntimamente relacionada con el hábito de fumar, por lo que dentro de pocos años el  salivazo gozará también de amplia aceptación por parte de las señoras, ya que la bronquitis crónica del tabaquismo no entiende de galantes cortesías. 

         La correcta práctica de este repugnante deporte requiere una técnica muy depurada y peculiarmente sonora. En efecto, el infame escupitajo viene precedido de una ruidosa fase preparatoria (pronunciar la palabra gargajo prolongando el sonido de la jota constituye una onomatopeya perfecta) en la que el escupidor procede a arrancar la flema de su mucosa respiratoria para colocarla en la rampa de lanzamiento (este ruidoso preludio del salivazo lo es al mismo tiempo de la arcada producida en quien lo oye tras sus pasos). Una vez instalado correctamente el viscoso proyectil en su recámara, esto es, en las fauces del lanzador, éste puede optar entre dos variedades técnicas: el palante y el mediolao. Esta última, propia de jubilados o gente muy mayor, consiste en lanzar el gargajo oblicuamente por la boca torcida como si tuviera paralís, no se sabe si para obtener un impacto lateral sobre la acera, más discreto, o para tratar de disimular con el gesto un acto que en el fondo reprueba pero no puede evitar. En la otra variedad, practicada fundamentalmente entre el quinto y sexto decenios, se opta por apuntar directamente al frente, sin remilgos. Con la punta de la lengua asomando tímidamente entre los labios fuertemente sellados, para evitar que escape el aire comprimido entre los papos insuflados, la sin hueso se introduce rápidamente, a la vez que se expulsa violentamente el aire atrapado en la boca, el cual arrastra al gargajo. Como puede suponerse, las mejores marcas de longitud se obtienen precisamente con esta modalidad, en la que la fase de expulsión es, lógicamente también, más ruidosa. Con todo, la obtención de grandes marcas no depende exclusivamente de la técnica utilizada en el lanzamiento. Otros factores como el tamaño o el contenido de la secreción son determinantes de la distancia que podrá recorrer entre el garganchón del lanzador y el suelo. La simple inspección de algunos ejemplares de gargajo estampados en la acera, operación fácil por cuanto en una calle céntrica puede haber varios por metro cuadrado, nos mostrará que los hay desde pequeñitos y casi traslúcidos, con diminutas burbujas apenas perceptibles, hasta soberbias gorgozadas, típicamente verduscas y del tamaño de una galleta maría. Mientras que el primero procede, sin duda alguna, de un jovenzuelo simplemente mal educado, el segundo constituye una flema infestada de bacilos y restos de nicotina. O lo que es lo mismo, una buena marca y un mediocre resultado, respectivamente.

         Como en todo deporte basado en el lanzamiento de algo, en éste del salivajo son frecuentes los intentos fallidos. Estos se producen cuando la fase preparatoria u onomatopéyica, plenamente percibida por el involuntario auditorio, no se continúa con la de expulsión. El suspense resultante, lejos de aliviar la basca ya en curso del peatón más cercano al despegue abortado, termina agravándola al obligarle a imaginar el destino que el asqueroso ha decidido finalmente para su espumarajo.

         Aunque el escupitajo, como se ha señalado, es la variedad de lanzamiento más practicada, no es más que una entre las muchas que pueden ejercitarse en calles, parques u otros espacios públicos. El logroñés (o sea, el riojano), que como sabemos tiene reconocida fama de desprendido, lo demuestra continuamente desprendiéndose de todo aquello que ya no le sirve por el procedimiento de arrojarlo al suelo en marcha: cajetillas de tabaco, colillas encendidas, envoltorios de dulces, cáscaras de pipas, bolsitas de aperitivos, papeles, plásticos, etc. Sin embargo, el deporte que amenaza con desbancar al lanzamiento de gargajo de su primer puesto en el podium de la guarrada urbana no es otro que la tenencia de chuchos de compañía. Los excrementos caninos están comiéndole el terreno al rey de la acera. ¿Acabará el perro imponiéndose al pollo? No parece probable. A pesar del auge canino de nuestros días, el censo de escupidores profesionales todavía es mucho más numeroso que el de criadores aficionados de perro. Y, por si fuera poco, un alto porcentaje de estos, por pura estadística, escupen a la vez que pasean a su animal. Para dejar zanjado el tema, piénsese que, mientras que algunos poseedores de perro civilizados recogen los excrementos de éste en una bolsita de plástico (que también son ganas), no se conoce absolutamente ningún caso, en la dilatada historia de la expectoración riojana, de recogida de flema por parte de su expulsor. 

  

 

FICHA

Modalidad: Lanzamiento libre

Objetivo: Arrojar secreciones buco-bronquiales en la vía pública lo más lejos posible

Edad y sexo: exclusivamente varonil, sobre todo en fase nicotínica incurable

Requisitos: pésima educación, bronquitis crónica, puntería.

Variantes (en orden creciente de asquerosidad): salivazo, espumarajo, flema, expectoración y esputo.

Récord: el señor Julián, de Cuzcurrita, envió un esputo numular desde una orilla del Tirón a la contraria el 14 de febrero de 1983, en plena crecida del río.