Aquellos maravillosos años

HISTORIAS DEL INTERNADO

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La patata

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Si en los años sesenta del siglo pasado la patata era uno de los pilares de la dieta en la España predesarrollada, en el internado de los Marianistas de Vitoria era casi el único. Nunca olvidaré mi primera cena en aquel campo de concentración infantil donde me encerraron con diez años. Tras un sopicaldo digno de la Camáldula, el infanticida en serie disfrazado de cocinero apareció con una enorme fuente sobre la que se elevaba una montaña de patatas fritas demasiado blandas o duras y ya frías que mantenía su precario equilibrio gracias a la cohesión que les proporcionaba el aceitazo superviviente a decenas de fritangas. Como en casa las patatas fritas siempre eran la guarnición del plato fuerte todos esperábamos la llegada de la carne o el pescado. Pero, cuando nos las zampamos todas, el dómine Cabra reapareció con otra palada de patatas aún más tiesas invitándonos con entusiasmo a «repetir plato».  Toda esperanza de cenar se esfumó con el reparto de una pera leñosa por cabeza de chorlito. Fue mi primer contacto con la afamada patata de la Llanada que durante siete años de cautiverio comimos dos veces diarias bajo todas las presentaciones imaginables: fritas, cocidas, en puré, purrusalda o salsa, estofadas, guisadas, rellenas, al ajillo, a la importancia… Pero sería injusto omitir la maravillosa presentación que nos reconciliaba con el maldito tubérculo: la tortilla, naturalmente, de patata. 

El día que tocaba tortilla de patata era como fiesta. La noticia se propagaba   en segundos por todo el colegio de boca en boca ávida del manjar. «¡Hay tortilla!» sí que era música celestial y no la del órgano de la capilla. Pero pasado el entusiasmo inicial se reanudaba la dura lucha por la supervivencia, es decir, obtener el mayor trozo de tortilla posible. Y el método que utilizábamos era ciertamente más propio de una bandada de aves carroñeras que de un curso de bachilleres educados en las más acendradas virtudes cristianas.  

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La tortilla

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Para evitar el desorden público, los maravillosos círculos de tortilla, una por mesa, salían de la cocina ya cortadas en cuatro porciones presuntamente iguales. Pero su inevitable irregularidad circunferencial, unida al escaso celo en procurar exactitud a los dos tajos que dividían el tesoro en cuatro partes, daban como resultado una desigualdad en el tamaño de las porciones. Si uno de los cortes no era perpendicular al otro, sino oblicuo, resultaban trozos de tamaño desigual (dos mayores y dos menores), y ello sólo si el cruce del aspa coincidía con el centro del círculo. En este caso el problema era menor porque el número de perjudicados era igual al de beneficiados. Mas, si las incisiones estaban trazadas a escuadra, pero su intersección era excéntrica, el resultado era un trozo de tortilla claramente mayor que los otros tres y entonces, además de la delicia culinaria de la semana, quedaba servido un conflicto. Para resolverlo, aplicábamos una de las reglas más selváticas de cuantas componían el inédito corpus normativo por el que la comunidad interna se regía desde tiempos inmemoriales: la ley del lapo, que consistía en escupir sobre el trozo más grande como señal de toma de posesión. La ejecución de la maniobra requería dos habilidades imprescindibles para hacerse con el trofeo: rapidez en el reconocimiento del terreno para identificar antes que los demás el objetivo y una puntería soberana para no fallar el disparo. Un error de milímetros podía convertirte en el abochornado propietario del trozo más pequeño. Los había tan hábiles que identificaban el blanco antes de que aterrizara en la mesa. Como los más avispados conseguían siempre la mejor parte, lo cual les mantenía mejor alimentados y por tanto más despiertos, no resultará exagerado afirmar que el comedor del internado era el escenario en el que se libraba a diario una feroz lucha por la existencia que enseñaba la teoría de la selección natural de las especies con mayor eficacia que un curso entero de aburridas ciencias naturales.

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LAS MONJAS DE LA CARIDAD 

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Sor Dionisia

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En la escuela de las monjas de la Caridad de Haro no sólo aprendí letras y cuentas.  Aquella comunidad de mujeres consagradas al cuidado de niños, viejos y cerdos se también me enseñó la coexistencia del Bien y el Mal. Dios y Lucifer. Sor Ángeles y Sor Dionisia. De la segunda sólo recuerdo lo mala que era o nos parecía a los niños hasta el punto de motejarla Nisiaca en referencia al personaje más pérfido que en aquellos felices tiempos de la era pretelevisiva nos había mostrado nuestra corta existencia: la bruja Ciriaca de Maese Villarejo. 

La Hija de la Caridad sacudía con una regla de madera ya combada de propinar tanto estacazo en la crisma de dos generaciones y media de jarreritos, elemental procedimiento para mantener el orden que aceptábamos con resignación porque la Nisia era la encarnación del poder y la regla el instrumento de su autoridad. Lo peor llegaba cuando se le acaba la paciencia o se cansaba de repartir a diestro y siniestro por los pupitres. Entonces se retiraba a su mesa, mezcla de púlpito y almena encaramada sobre una tarima, y expresaba su claudicación y subsiguiente renuncia a imponer la disciplina lanzando la porra al albur de la jauría; quien se hacía con ella se convertía automáticamente en el delegado plenipotenciario de la Nisiaca. La monja se sacaba un misal tridentino de entre las sayas y se aislaba del mundanal ruido permitiendo que su recién nombrado ministro del Interior, al más puro estilo Gorgorito, se dedicase a sacudir arbitraria e impunemente reglazos entre la indefensa y aterrorizada parroquia. 

Era el momento de saldar viejas deudas, castigar chivatazos, devolver envíos de balones a la pocilga o de vengar los estacazos recibidos en la anterior delegación de poderes. Nunca faltaba algún pelotilla que se tomaba en serio su papel de restaurador de la ley dedicándose a pegar con criterios de justicia, desperdiciando la preciosa ocasión de atizarle a quien te caía mal o dando rienda suelta sin más al atávico placer de cascar por cascar al prójimo impunemente.   

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Sor Ángeles

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            El otro extremo del maniqueísmo monjil lo ocupaba la bondadosa Sor Ángeles. Mayor que las otras monjas, era como la abuela de todos los jarreros porque raro era el que no había aprendido el catón en su aula. A pesar de su edad su tez era de una blancura exangüe que brillaba como la cera, sin una sola arruga. Sus hermosos ojos azules, agrandados por anteojos de concha, conservaban una viveza que nunca desmayaba. Se movía con una torpeza que a mí me parecía solemnidad, jamás se alteraba, nunca la vi gesticular y no levantaba la voz ni cuando nos chillaba.  

Por enseñarme a leer y escribir considero a Sor Ángeles una de las personas más importantes de mi vida. De no haber sido ella mi maestra lo hubiera sido otra, pero fue ella, Sor Ángeles, la autora de un milagro de los que acreditan santidad en el Vaticano: enseñarnos las letras a aquellas fieras. A los chiguitos más duros de mollera, Sor Ángeles los enviaba al «pelotón de los torpes», un banco corrido separado de los pupitres donde eran expuestos a la vergüenza pública. Hoy semejante método pedagógico provocaría un escándalo mediático-político, expediente al centro con suspensión del docente y atención psicológica al niño y a sus indignados padres, además de una intervención de oficio del Defensor del Torpe, pero hablamos de los años cincuenta.

Sor Ángeles no zurraba cuerpo a cuerpo pero cuando el alboroto arreciaba también ella intentaba poner orden por el viejo método del cachete craneal, pero en lugar de la regla utilizaba una caña de pescar de casi tres metros que manejaba desde su garita. Quizá de joven Sor Ángeles blandiría su lanza con energía y precisión, pero en sus últimos cursos ya no podía sostener tanto peso en el aire, así que apoyaba la base de la caña en la mesa, calculaba a ojo la trayectoria y la dejaba caer sobre la clase. El resultado era el impacto en los cogotes de los aplicados y la impunidad de los revoltosos que, más pendientes del cañazo, lograban esquivarlo.    

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(Relatos incluidos en el libro colectivo Aquellos maravillosos años, publicado por Editorial Siníndice en 2018)